¿y qué va a hacer con eso?
Allá me mando, intentando viajar lo más ligera posible, un bolso de dimensiones tontas, ya que es muy grande para pasarlo como equipaje de mano, pero muy pequeño para llevar mucho. Aunque no es malo no llevar mucho. Igual siempre se lleva de más. O yo siempre llevo de más.
Poco antes de regresar me entero de que tenemos un nuevo inquilino. Un tocadiscos, uno de esos artilugios que las nuevas generaciones sólo conocen, si acaso, a través de algunos DJs o personajes excéntricos (lo cual me convierte en personaje excéntrico, ya que de DJ tengo muy poco). Así que de pronto la presencia de esos soles de aura negra, saturnos de anillos sonoros, rodajas de memorias auditivas, encerrados en cajas de olor a tiempo, se hizo tangible. Igual que el deseo de escucharlos.
Dadas las dimensiones y características de mi ayudante de viaje, tuve que hacer una selección muy cuidadosa y estricta. Nada de rayas, ni físicas ni sociales, nada de repeticiones. De la primera ronda de selección, un grupo haría el viaje conmigo. Apenas veinte. Pero para llevarlos en la mano, con escalas y aviones llenos, no me atreví a más. Empaquetados en papel marrón, de tamaño y forma característicos... para los que crecimos con discos de vinil!
En el aeropuerto, con la duda si me dejarán pasar mi paquete. En la taquilla de facturación, ni lo miraron (y no lo escondí, no). Pasó sin preguntas los rayos X del primer control de seguridad. Y el segundo. Se veían muy cómicos los discos, translúcidos como esos de los años 70. Pasó el tercer control, ya sin rayos X. Me acompañó, quitándome las ganas de caminar esperando a la salida. De nuevo pasó el control de la aerolínea, sin siquiera una mirada de reojo. Cuando una sonrisa de alivio se esparcía ya por mi rostro, zás, el último control, dos oficiales militares cacheando a los pasajeros. La mujer, no muy jóven, me cachea (el paquete delicadamente puesto en el piso).
- ¿Y qué lleva ahí?
- Discos.
- ¿De esos de pasta negra que se rompen muy facilito?
- Exactamente. Por eso es que los...
- Póngase por acá - señala una mesa fuera del paso - a ver, vamos a abrirlo.
- Pero por farvor, sólo si tiene cinta adhe...
- ¿Y qué discos son?
- Eer, déjeme ver, tengo...
Aplica la nariz con gesto experto. Se voltea hacia su compañero, que se vé como de diecisiete años:
- Aaah, así es que huelen los elepés.
Él la mira con cara de no entender de qué está hablando. No se acerca a averiguar cómo es que huelen los elepés, sea lo que sea eso. Ella sigue sin detenerse en sus preguntas y comentarios, hasta que me lanza la pregunta que me terminó de esparcir la sonrisa y a la cual le estuve contestando mentalmente por varias horas (por fortuna ninguna de esas respuestas se me salió en frente de la oficial):
- ¿Y qué va a hacer con eso?
Bueno, ahora estoy haciendo con los elepés, los álbumes, los discos, lo único que realmente se puede hacer: ¡escucharlos!




jotatrujillo dijo
Tu escrito me trae al recuerdo mi colección de discos de vinilo, que en mis múltiplas cambios de residencia se han ido quedando en el camino.
El problema ahora es encontrar un reproductor en los que puedas oírlos dignamente.
Un abrazo.
4 Febrero 2008 | 06:23 PM